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RIESGOS DE UNA INMINENTE CATÁSTROFE

La seguridad integral enseña la importancia de planificar, identificar riesgos y preparar


Postillas de coyuntura - 020/23

Bogotá, abril de 2023

 

La planificación en el concepto de la seguridad Integral debe ser considerada como un instrumento para el mejoramiento económico y social del país, de los departamentos, de los municipios, y de cualquier tipo de actividad o negocio que genere riesgos.

Un plan de actuación es el resultado final del ejercicio de proyección, previa identificación de los bienes a proteger, daños posibles a contemplar, valoración de la amenaza, implementación de las medidas de seguridad y protección integrales que se deben adoptar para minimizar daños y en lo posible neutralizar el peligro.

La teoría aparentemente es fácil, con una metodología previamente identificada y acordada se desarrolla sin mayores complicaciones.

El problema surte en la implementación sobre el terreno, en especial cuando las amenazas son de orden natural, donde no existen capacidades tecnológicas y humanas para minimizar o neutralizar el peligro y no es posible tener control sobre el tiempo en que persiste la amenaza.

Estamos en estos momentos frente a una amenaza de erupción volcánica y así como parezca diferente a un terremoto, incendio, inundación o cualquier otro hecho similar, debemos alistarnos para evitar daños inesperados.

Para el caso de una erupción lo primero que se debe hacer es alejarse del posible epicentro volcánico que también podría venir acompañado de llamas incandescentes, inundaciones como sucedió en la tragedia de Armero hace 35 años, así como también se produzca un terremoto que puede llegar a afectar varios departamentos de acuerdo con la ubicación de la tragedia.

Las personas, las familias, los núcleos sociales deben descartar las posibilidades o certezas que esta tragedia no va a ocurrir y que ello no me va a afectar, porque el riesgo resulta incalculable y frente al siniestro sorpresivo ya no habría tiempo de disminuir sus efectos trágicos.

Observemos no más que el evento catastrófico se presente cuando estamos descansando, en horas de la noche o mejor durmiendo y no nos percatamos de lo sucedido y no tenemos alguna forma de ser advertidos de este accidente de la naturaleza y nuestra reacción sea nula. Otra situación cuando estemos en actividades rutinarias durante el día, y que no habiendo previsto lo que está ocurriendo en ese momento, no alcancemos a llegar a un lugar seguro. Que ayuda podríamos llegar a tener si la magnitud del evento requiere de la atención de diferentes grupos de socorro. Y qué pasaría también si las ayudas no llegan a tiempo por las condiciones de la catástrofe. Estas son tal vez, algunas consideraciones de lo que ocurriría.

El gobierno central, regional y local, deben encender todas las alarmas antes de presentarse el fatal hecho y deben estar en alistamiento prioritario para atender las posibles consecuencias de tal hecho natural con los efectos que en tiempo se generarían también, previendo las ayudas necesarias y dando la atención requerida y la persistencia necesaria, sin descuidar otros frentes de atención.

No desechemos las alarmas presentadas y tengamos en cuenta las experiencias vividas en el pasado frente a todos los siniestros que ya se han registrado en el país y en el mundo.

El país en que vivimos ha aprendido de lecciones, tristes, dolorosas e invalorables en costos de vidas humanas. Derrumbe de Quebrada blanca 1978, terremoto de Popayán 1983, avalancha de Armero 1985, terremoto del eje cafetero1999. (Ver cuadro)





Estos eventos llevaron al país a la creación y organización de “La Unidad Nacional para la atención y prevención de desastres” (UNGRD), que es la encargada de que dirigir, orientar y coordinar el sistema nacional de atención y prevención riesgo de desastres en Colombia, fortaleciendo las capacidades de las entidades públicas, privadas, comunitarias y de la sociedad en general, con el propósito explícito de contribuir al mejoramiento de la calidad de vida de las personas y al desarrollo sostenible, a través del conocimiento del riesgo, su reducción y el manejo de los desastres asociados con fenómenos de origen natural, socio natural, tecnológico y humano no intencional.

La situación actual del volcán nevado del Ruíz, que nos lleva a escribir esta nota está cumpliendo un mes (a partir del 29 de marzo), en alerta naranja[1], con la implementación de las recomendaciones que esta fase de la situación conlleva, pero con el enemigo de toda actividad de seguridad ya presente “la rutina”.

Seamos prevenidos y actuemos con sabiduría e inteligencia. Demos el valor a la vida. Solidaricémonos con los afectados y recurramos siempre a la gracia divina.

[1] Alerta naranja es un nivel de riesgo importante que se emite cuando se esperan fenómenos meteorológicos o climáticos que pueden afectar la salud o la seguridad de la población. La alerta naranja implica que se deben tomar medidas de prevención y protección, especialmente para los grupos más vulnerables

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