Vamos de parche… de paso péguele al policía


 

Postillas de coyuntura - 012/21


Bogotá, mayo de 2021


 

Imagen BBC


 

En sus primeros meses de presidente Iván Duque Márquez quiso imprimirle un carácter fresco y renovado a su mandato. Presentó un gabinete más técnico que político y con muchos gestos propios de su juventud quiso acercarse a los jóvenes de Colombia. Rápidamente esos gestos fueron satanizados y descontextualizados para alejarlo de los jóvenes y su deseo de hacerlos partícipes de la nueva Colombia.


Una epidemia sacude al planeta y nuestro país no fue ajeno a esto, y el estado es obligado a recurrir a medidas de control social para tiempos de excepción y dificultad.


La figura del toque de queda es empleado para pedir a la comunidad que se refugie en su residencia, se aleje de lugares donde hay encuentros sociales, así que se incentiva el trabajo en casa, y se les pide proteger sus vidas permaneciendo en sus viviendas.


El toque de queda en su origen es una medida excepcional que se toma por cortos periodos de tiempo, para retomar el control en una situación específica. Pero, con la pandemia empezó a utilizarse como algo permanente y su intención fue perdiendo fuerza, pues, se hicieron muchas excepciones entre los que lo debían cumplir y los que no; esto ocasionó una flexibilización en la medida que desdibujó su naturaleza y la gente en realidad fue dejando de acatarla.


Entonces ese encierro obligatorio a través de la medida de toque de queda se convierte en motivo de disputas e irrespetos hacia a la autoridad que tiene la obligación de velar y hacer cumplir la disposición oficial.


De otra parte, la juventud en edad escolar y universitaria se ve alejada de sus aulas, de sus días de juego, de “parche” e intercambio con amigos y compañeros, y ellos quieren en su interior retomar sus espacios.


Sin ser todos, pero si un grupo importante de profesores adoctrinadores que vienen ejerciendo un trabajo de largo aliento, desde la distancia activan los sentimientos de rebeldía y rechazo a las largas jornadas de encierro.


Desde comienzos de la década de los 90 del siglo pasado y siguiendo directrices de la ONU buscando supuestamente seres humanos más libres, viene implementando un modelo de educación, en donde se rompen los principios morales en que se formó la familia colombiana, y se hace más énfasis en comunidades globales que en el arraigo de patria.


Simultáneamente en el tiempo también se generan en el congreso de la República leyes que estimulan el libre desarrollo de la personalidad, reglamentaciones laxas en temas de estupefacientes, donde se permiten dosis mínimas y que son de difícil control e identificación; se trabaja en la despenalización del aborto y de quitarles a los padres las facultades para educar a los hijos.


Los jóvenes conocen del estado, a través de las noticias que en general suelen mostrar: corrupción y malversación de los fondos oficiales, y ellos ven su entorno lleno de necesidad y deficiencias en servicios públicos, sanitarios y educativos. Estos eventos los incitan a protestar en muchos casos sin conocer razones de fondo, pero si con situaciones ciertas que encienden su inconformismo.


La presencia de agitadores expertos torna protestas pacíficas y aparentemente justas, en situaciones de caos y desorden, en estas circunstancias, por constitución y orden, la fuerza pública debe emplear la fuerza legítima del estado; la cual es presentada rápida y hábilmente como represión brutal, por personas, que si saben cuál es el fin último que pretenden en favor de sus mezquinos intereses, totalmente contrarios al beneficio general de paz y tranquilidad.


Jóvenes encerrados, jóvenes alejados de sus aulas de estudio, jóvenes agotados por una larga pandemia, son invitados de “parche y de paso pegarle: al policía”, engolosinados por jornadas con tambores, música, alcohol y droga, mucha droga que no se sabe quién la provee, pero que está presente para que en el momento preciso puedan ser llevados como zombis a la violencia, destrucción y caos.


Los jóvenes presentan una rebeldía contra todo lo que representa autoridad, la fuerza pública, los padres, los profesores y la ley. Además, aduciendo el libre desarrollo de su personalidad, y el efecto dañino del alcohol y las drogas alucinógenas, solo piensan en sí mismos y se creen con derecho a destruir la vida de los demás. Desconocen y poco les importan los derechos fundamentales de los otros. También son capaces de infringirse daño y actúan con falta de sabiduría, pero eso, si, funcionan motivados por otros que los manipulan fácilmente a través de inteligencia emocional. No diferencia el bien y el mal.


Rápida y hábilmente se desinforma al mundo y el país entra en caos, conmoción y sensación de impotencia por parte del ciudadano común, que ve imposibilitado su derecho de movilidad, ve vandalizado sus negocios, ve como no se respetan las normas de salubridad, que fueron adoptadas durante 16 largos meses con el fin de proteger la vida.


Si, el país tiene dificultades, pero estas no se solucionan atacando, agrediendo y desprestigiando al eslabón de la cadena que es el enlace entre la comunidad y el estado: La policía.


La juventud debe respetar la autoridad y utilizar los mecanismos constitucionales para expresar sus inconformismos, sin atentar contra los derechos de sus demás conciudadanos. No es momento para dejarse llevar por intereses sórdidos que no buscan el bien de la patria y el futuro de sus habitantes.


¡Todos somos Colombia! con un diálogo civilizado y coherente podemos llevarla a un buen futuro. Esto debe ser un “no rotundo a la violencia”.


Postillas de coyuntura - 012/21


Bogotá, mayo de 2021

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