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LA POBLACIÓN COMO CENTRO DE GRAVEDAD Resiliencia democrática frente a la guerra híbrida en Colombia

Postillas de coyuntura - 027/26 


Bogotá, agosto de 2026

Introducción

El entorno estratégico contemporáneo se caracteriza por una creciente complejidad en las formas de confrontación política y social. Los conflictos modernos ya no se desarrollan exclusivamente en el ámbito militar, sino que incorporan de manera simultánea herramientas informativas, jurídicas, económicas, tecnológicas, psicológicas y sociales. Bajo esta realidad, el concepto de guerra híbrida ha adquirido una relevancia creciente para comprender fenómenos que ocurren por debajo del umbral de una confrontación abierta, pero que tienen la capacidad de alterar la estabilidad, la gobernabilidad y la cohesión de los Estados. 

 

La guerra híbrida busca explotar vulnerabilidades internas mediante operaciones coordinadas que afectan la percepción ciudadana, la legitimidad institucional y la capacidad de toma de decisiones. Su objetivo final no necesariamente consiste en derrotar físicamente al adversario, sino en erosionar su voluntad de resistencia y producir condiciones favorables para alcanzar objetivos políticos. 

Desde esta perspectiva, Colombia enfrenta un escenario caracterizado por altos niveles de polarización política, disputa narrativa permanente, activismo digital, judicialización de asuntos políticos, campañas de desinformación, desconfianza institucional y confrontación ideológica. Independientemente de las posiciones partidistas, estos factores constituyen condiciones propicias para la actuación de dinámicas propias de la denominada "zona gris" del conflicto contemporáneo. 


Comprender el conflicto como un sistema

El coronel John A. Warden III desarrolló la teoría de los cinco anillos bajo el principio de que el adversario debe entenderse como un sistema integrado compuesto por centros de gravedad interdependientes. Su modelo identifica cinco niveles fundamentales: 

  • Liderazgo.

  • Sistemas esenciales.

  • Infraestructura.

  • Población.

  • Fuerzas desplegadas.

Según Warden, el éxito estratégico se alcanza cuando se identifican y afectan aquellos elementos capaces de producir una parálisis sistémica en el adversario. Sin embargo, en un escenario de guerra híbrida interna, el centro de gravedad principal deja de ser exclusivamente militar y se desplaza hacia el ámbito cognitivo y social. La disputa se traslada a la percepción colectiva, la legitimidad institucional y la cohesión nacional. Por ello, la población emerge como el anillo decisivo del conflicto contemporáneo. 


La población como objetivo estratégico

Los ejemplos internacionales muestran que las campañas híbridas buscan influir sobre emociones, creencias, narrativas y procesos de decisión social. El objetivo no consiste únicamente en convencer a una población de determinada idea, sino en fragmentarla, radicalizarla y reducir su confianza en las instituciones democráticas. 

La verdadera batalla ocurre en el terreno psicológico y cognitivo. Allí se disputa: La legitimidad de las instituciones.

  • La confianza en los procesos democráticos.

  • La credibilidad de los medios de comunicación.

  • La capacidad de convivencia entre sectores con opiniones diferentes.

  • La voluntad colectiva para enfrentar crisis nacionales.

Cuando una sociedad pierde la capacidad de diferenciar información de manipulación, debate de confrontación o crítica legítima de deslegitimación sistemática, se vuelve más vulnerable a la influencia de actores que buscan obtener ventajas políticas, económicas o estratégicas. 


La norma como instrumento de influencia estratégica

Una dimensión cada vez más relevante de los conflictos contemporáneos es el empleo estratégico del derecho, los procedimientos administrativos, las decisiones judiciales y los marcos regulatorios como instrumentos de influencia política y geopolítica. Este fenómeno, comúnmente asociado al concepto de lawfare (guerra jurídica), supera la visión tradicional que limita la competencia estratégica al ámbito militar o de seguridad. 

En los escenarios de guerra híbrida, las normas dejan de ser únicamente mecanismos de regulación y pueden convertirse en espacios de disputa. Los actores que participan en este tipo de confrontación procuran identificar vacíos legales, contradicciones normativas, debilidades institucionales o procedimientos susceptibles de ser explotados para obtener ventajas políticas, jurídicas o comunicacionales sin recurrir al uso de la fuerza. 

Desde esta perspectiva, el problema no radica en la existencia del Estado de derecho o de instituciones garantistas, pilares fundamentales de toda democracia, sino en la capacidad de determinados actores para utilizar las propias reglas del sistema como mecanismos de presión, bloqueo, desgaste o deslegitimación. En consecuencia, la competencia estratégica moderna no solo se desarrolla en el terreno político o mediático, sino también en los espacios donde se producen, interpretan y aplican las normas. 

Para Colombia, esta realidad plantea un desafío adicional: incorporar la anticipación normativa como componente de la seguridad democrática. Toda reforma legal, decisión judicial o política pública de alto impacto debería ser evaluada no solo desde su dimensión jurídica, sino también desde sus posibles efectos estratégicos sobre la gobernabilidad, la estabilidad institucional y la cohesión social. 

La fortaleza de una democracia no depende exclusivamente de la calidad de sus leyes, sino también de su capacidad para impedir que estas sean instrumentalizadas por actores cuyo propósito no es fortalecer el sistema, sino explotar sus vulnerabilidades. En un entorno de guerra híbrida, la resiliencia jurídica constituye un componente importante de la fortaleza democrática colombiana, al proporcionar estabilidad institucional y un marco de seguridad jurídica para la resolución de conflictos. No obstante, la capacidad de resistencia de una sociedad no depende exclusivamente de sus mecanismos legales. También requiere fortalecer la resiliencia informativa, económica, social y educativa, ámbitos estrechamente vinculados con la capacidad de la población para enfrentar procesos de manipulación, desinformación o presión estratégica. Ello implica promover la diversificación económica como factor de estabilidad, fortalecer la solidaridad y el tejido social, e impulsar una educación orientada al pensamiento crítico, objetivo y constructivo, capaz de proteger la búsqueda de la verdad y el adecuado funcionamiento de la democracia. 


La resiliencia social como respuesta estratégica

Si el objetivo de la guerra híbrida consiste en debilitar la cohesión y la voluntad de una sociedad, la respuesta más eficaz es fortalecer la resiliencia social. El material de estudio define la resiliencia como la capacidad de una sociedad para recibir un impacto híbrido, absorberlo y continuar funcionando de manera efectiva. 

La resiliencia social debe construirse sobre seis pilares fundamentales.

1. Educación

La educación constituye el fundamento de toda resiliencia democrática. Una ciudadanía con acceso a educación de calidad desarrolla capacidades para comprender su entorno, ejercer una participación responsable, fortalecer la convivencia y enfrentar de manera crítica la manipulación informativa. En el contexto de la guerra híbrida, la educación no solo forma competencias profesionales, sino también ciudadanos capaces de proteger las instituciones democráticas y contribuir a la cohesión social.

2. Alfabetización mediática

Los ciudadanos deben desarrollar capacidades para identificar campañas de desinformación, noticias falsas, narrativas manipuladas y operaciones psicológicas. Verificar antes de compartir debe convertirse en una cultura nacional y no en una acción ocasional. 

3. Cohesión social

Las divisiones sociales constituyen una de las principales oportunidades para quienes buscan influir sobre un país. La coexistencia de opiniones distintas no representa una amenaza para la democracia; por el contrario, la convierte en una fortaleza. Lo verdaderamente peligroso es la incapacidad para dialogar dentro de las diferencias. 

4. Confianza institucional

La crítica al poder es una condición de toda democracia saludable. Sin embargo, la destrucción permanente de la confianza en todas las instituciones puede generar condiciones de vulnerabilidad sistémica. La confianza debe basarse en la transparencia, la legalidad, la rendición de cuentas y la participación ciudadana. 

5. Ciberseguridad

La experiencia internacional demuestra que la dependencia tecnológica puede convertirse en una vulnerabilidad estratégica si no está acompañada por adecuadas capacidades de protección. La protección de la información personal, la autenticación multifactor y las buenas prácticas digitales son hoy componentes esenciales de la seguridad nacional. 

6. Anticipación estratégica

Todo Estado democrático debe desarrollar la capacidad de identificar tempranamente vulnerabilidades normativas, informativas, tecnológicas y sociales antes de que sean explotadas por actores internos o externos. 


Un llamado a la acción ciudadana

Hoy la principal línea de defensa de Colombia no se encuentra únicamente en los organismos de seguridad ni en las instituciones estatales. Se encuentra en cada ciudadano. 

La guerra híbrida convierte la atención, la percepción y la decisión individual en espacios de disputa estratégica. Por ello, cada persona tiene una responsabilidad directa en la protección de la democracia y la estabilidad nacional. 

El primer compromiso debe ser con la verdad.

El segundo compromiso debe ser con la convivencia democrática.

El tercer compromiso debe ser con el fortalecimiento de las instituciones.

Y el cuarto compromiso debe ser con la construcción de una cultura de responsabilidad cívica capaz de resistir la manipulación, la polarización y la desinformación. 

No podemos controlar todas las amenazas que enfrenta la nación, pero sí podemos controlar cómo respondemos frente a ellas. 


Conclusión

La guerra híbrida representa uno de los desafíos más complejos para las democracias contemporáneas porque actúa sobre las vulnerabilidades internas de las sociedades. Su éxito no depende tanto de la fortaleza del atacante como de la fragilidad del sistema objetivo. 

En Colombia, la mejor estrategia para enfrentar este fenómeno no consiste en profundizar la confrontación política o ideológica, sino en fortalecer los factores que sostienen la estabilidad nacional: cohesión social, confianza institucional, pensamiento crítico, cultura democrática y resiliencia ciudadana. 

La historia demuestra que las naciones no fracasan únicamente por la presión de sus adversarios; fracasan cuando pierden la confianza en sí mismas. Colombia posee los recursos humanos, institucionales y culturales para enfrentar los desafíos de este siglo. Sin embargo, esa fortaleza debe ser protegida y cultivada todos los días. 

La defensa de la democracia comienza en la conciencia de cada ciudadano.

La defensa de la libertad comienza en la responsabilidad individual.

Y la defensa de Colombia comienza cuando entendemos que la primera línea de resistencia frente a cualquier amenaza híbrida no es un arma, un partido político o una institución aislada, sino una sociedad informada, cohesionada y decidida a preservar su futuro común. 

En ese esfuerzo, el conocimiento, los valores, las virtudes humanas y la educación constituyen pilares fundamentales para toda toma de decisiones, tanto individual como colectiva. La capacidad de actuar con criterio, integridad, prudencia, responsabilidad y sentido ético fortalece la resiliencia democrática, protege la cohesión social y contribuye a que las instituciones y la ciudadanía respondan con mayor eficacia frente a los desafíos de la guerra híbrida.

El momento de fortalecer esa resiliencia no es mañana. Es ahora.

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